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LEER EL SARGAZO

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 “En las profundidades del mar se encuentran las narices del mundo” –escribe un geógrafo llamado Cayo Julio Solino, en el siglo III– “y es por su respiración que los mares se inflan o exhalan”. Recordé esta cita en alguna otra cita (Alain Corbin) que cita a otra (Pierre de Latil) cuyo origen se remonta al mar de citas cuya autoridad sobre las demás es simplemente haber sido dicha hace más tiempo. El océano es lo que dejó el Diluvio –el Paraíso es terrestre– y que, según el Apocalipsis, desaparecerá en el final del tiempo. Le tenemos miedo por su inconmensurabilidad, su falta de límites, lo misterioso de su fondo, los seres monstruosos que lo habitan, los naufragios, las tormentas, la deriva.

Desde que la esposa de Aristóteles, Pitias, recoge su existencia durante su luna de miel con el filósofo, “el mar de los sargazos” es “el coágulo de los océanos, donde las criaturas nacidas de la corrupción, obstaculizan la marcha de los barcos”. La idea de una isla de putrefacción que no puede ser rodeada por ilimitada y que, si se atraviesa, hace encallar a los navíos, nos ha sobrevivido durante milenios. Pero es Cristóbal Colón el que la convierte en una metáfora del desencuentro entre Europa y América, que no es el anhelado Oriente, sino un “extremo Occidente”. A 10 días de salir del Puerto de Palos, cree ver en la existencia del mar de los sargazos la demostración de que está ya cerca de tierra firme, pero se encuentra con un entramado de algas que provoca el miedo de encallar, de detenerse, de naufragar en una isla que no tiene raigambre en el fondo de la mar. Él no lo sabe, pero le falta más de un mes de travesía. Este encuentro con el sargazo se ha interpretado hasta la saciedad como prueba de lo mal que Colón era para convertir las diversas formas de medir las millas náuticas, del límite oceánico entre esos viajeros que veían su esfuerzo como un peregrinaje, y también como fuente de oscuridades en lo siempre desconocido. Se decía, por ejemplo, que en el sargazo crecía el Kraken, ese monstruo noruego del fin del mundo que, a veces, era una serpiente gigantesca y otras, un calamar como el que ataca al Capitán Nemo en la novela de Julio Verne.

Es justo en el siglo XIX cuando el terror al sargazo se convierte en literatura. “El mar dentro del mar” es el inverso de la tempestad. Es la imposibilidad de seguir navegando. Encuentro semejanzas con “el cabo de miedo” de los portugueses al ir hacia Marruecos o en la supuesta isla flotante cerca de la India que atraía a los navíos cargados de metal como si se tratara de un imán descomunal. Pero lo decimonónico halla en el sargazo una ciudad flotante de terrores abrevando de una vieja idea de la putrefacción de la mar donde habita el Leviatán. “¿Dónde han quedado los marinos naufragados?”, se pregunta Victor Hugo en un poema gótico. La idea de los barcos fantasma a la mitad de su travesía se junta con la locura y la muerte. Después de todo, las criaturas clásicas que nos impiden ser humanos vienen de Estigia y Circe. En 1799, Samuel Taylor Coleridge publica La balada del viejo marinero donde una violación a las leyes naturales –matar a un albatros en alta mar– le acarrea a una tripulación la peor de las fortunas: quedarse en el cementerio de un océano que no se mueve, rodeados de plantas que rascan con sus patas la quilla:

Día tras día, día tras día,

varados sin aire, ni movimiento,

Tan inertes como un barco pintado

sobre un océano de mentira.

La misma profundidad se pudrió, ¡oh, Dios!

¡Que esto fuera posible!

Cosas pegajosas reptaban con patas

sobre el mar viscoso.

Alrededor, alrededor, por un lado y por el otro,

los fuegos de la muerte bailaban para la noche.

El agua, como óleos de una bruja,

ardían verde, azul y blanco.

Al final del poema, un barco se acerca a salvarlos pero no va empujado por ningún viento ni marea: es la muerte. El marinero, que cuenta su historia en una boda, será él mismo un fantasma dejado en libertad sólo para servir de testigo del relato.

En esa misma tradición, una de las mayores influencias literarias del escritor de terror H.P. Lovecraft, William Hope Hodgson escribe Cuentos en el mar de los sargazos (1906) en los que un mal terrible asecha desde las islas flotantes a los barcos que han encallado ahí después de una tempestad. En algunos casos, deben de atrincherarse en las bodegas del barco, en otras, resisten hasta la última línea de un diario de náufragos en los que sospechan que serán sus últimos días. La fascinación de la que escribió Gaston Bachelard de los niños cuando imaginan cómo el pez grande se come al chico, borra aquí la distancia tranquilizadora cuando el que escribe el diario se convierte en almuerzo. “Ser comidos vivos” es una de las más antiguas pesadillas humanas desde que escribimos sobre delirios, fantasías, y sueños. Es justo el título que Harold Bloom le puso a su traducción laica de la cábala. De esa carne se alimentan nuestros modernos relatos de terror y supra-realidad, nuestro derecho a privatizar la tragedia, eso que se llamó el psicoanálisis.

Pero el mar de los sargazos ha tenido, desde entonces, una transmutación literaria. Por ejemplo, lo encontramos en el título de la novela de Jean Rhys, que es lo que hoy llamaríamos “precuela” de Jane Eyre, de Charlotte Brontë: Ancho mar de los sargazos (1939). En ella, escrita 90 años después de la de Brontë, Rhys hace la historia de la loca prisionera de la casa del patrón Rochester. Se trata de una mujer nacida entre sargazos, en las islas del Caribe, y lo que describe con convicción es la vida a la mitad entre no-ser británica ni tampoco negra de Jamaica. Hasta la han bautizado distinto a como se llama en Jane Eyre (Bertha Mason): Antoinette Cosway. El sargazo le sirve a Rhys para hacer la metáfora de lo que está en medio, lo que no es ni océano ni tierra firme, lo que está vivo pero no enraizado. El sargazo es una mitad, porque al reproducirse por fragmentación, crece en todas direcciones, sin obedecer la polaridad. Es una hierba sin raíz donde crecen varias especies marinas y eso ha hecho pensar a más de un filósofo (Eduard Glissant y Aaron Pinnix) que el sargazo puede ser una metáfora contrastante con las del “rizoma” (Gilles Deleuze y Felix Guattari) o la de la raíz, tan de las culturas nacionales. La metáfora sería de este nuevo siglo: algo que no se conecta, sino que se enreda; que va a la deriva y que, para colmo, es “post-humano” porque contiene restos de nuestra civilización del plástico. Esa macro-alga que se alimentó de los caballos que eran arrojados por la borda para aminorar el peso de las embarcaciones; más tarde, en la colonización de América, lo hizo de los restos de los esclavos africanos que se ahogaron por el peso de sus cadenas; ahora se alimenta de los peces muertos por el cambio climático y los derrames petroleros. Eso es justo lo que Derek Walcott expone en su poema The Bounty (1992), en el que habla de su experiencia negra, caribeña, después de ganar el Premio Nobel de Literatura: en el mar de sargazos, en la “hierba del océano”, no hay identidades sino un flujo de agua que va enredándose entre el Mediterráneo de Ovidio y los esclavos traídos de África, entre los rescates y los ahogados. La cultura es ese enredo del sargazo y no las capas infinitas, una sobre otra, de las citas geológicas. El sargazo es una cultura, la de hoy, “guirnaldando la frente de un afloramiento”, como escribe Walcott.

Y el barco que es todo texto como madero a la deriva, creo que se ha enredado, por hoy, en su propia ida a pique.