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LA CERTEZA ANTIDEMOCRÁTICA

Columnas
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Quien gobierna sin arrojo y firmeza, sin seguridad y confianza en sí mismo, gobierna mal. Al gobernante timorato lo domina la debilidad; nunca se siente seguro de haber tomado la mejor decisión porque no confía en su intuición ni en su raciocinio. A la primera crítica, a la menor presión, recula. Vive agobiado por el temor a equivocarse, y su flaqueza lo torna errático y maleable. Suele ser, por lo demás, incapaz de enfrentar adversidades. Lo arredran los nubarrones, lo dobla la ventisca y lo quiebra la tempestad.

Nada de ello significa, sin embargo, que el buen político se sitúe en las antípodas. Aquí encaja el clásico ejemplo aristotélico: los extremos viciosos son la cobardía y la temeridad, el justo medio es la valentía. Un estadista no sólo tiene carácter y tenacidad sino también reflexión y autocrítica. Decide con inteligencia e instinto en ristre –no sin antes consultar a sus colaboradores e incluso oír a sus adversarios– y se mantiene observante de las consecuencias de sus acciones. Si bien no es medroso, tampoco es necio. Analiza y calibra las opciones y, rodeado siempre de conocedores, elige la mejor o la menos mala. No le tiembla la mano al timón cuando navega en aguas procelosas, ciertamente, pero si la nave está en riesgo de zozobrar y el contramaestre pide reparaciones, si la tripulación experimentada suplica un viraje y el riesgo de motín ronda la cubierta, si se recibe por radio la comunicación de que se va hacia una tormenta, el buen capitán reconsidera y endereza el rumbo.

La “incuestionabilidad” no cabe en un gobierno democrático. La democracia presupone incertidumbre e implica cuestionamiento, discusión, correcciones. Y todo eso debe aplicárselo a sí mismo quien ejerce el poder, antes de exigirlo a los demás. Aunque tenga claro su ideario y esté plenamente convencido de que su proyecto es el correcto, no debe ser ciego y sordo de cara a la realidad cambiante. Convicción no es infalibilidad. No se trata de rectificar movido por cualquier crítica o adversidad, pero sí de considerar la posibilidad de errar y recapacitar cuando son muchas y muy fuertes las voces que se lo señalan. Escuchar es la aptitud suprema de un mandatario. Quien escucha se enriquece; modifique o no su opinión, siempre aguzará su criterio.

La ideología ha de ser coherente y sólida, no incontestable. Un demócrata abraza una doctrina sin asumirla como una religión ni una verdad revelada: resguarda en un recodo de su mente una pequeña duda sobre aquello en lo que cree. Si no lo hace peca de soberbia. La aceptación de que existe así sea una diminuta probabilidad de que su ideal sea equívoco, o de que aquello por lo que ha luchado toda su vida no sea lo que su país necesita en un momento dado, es condición imprescindible para la preservación de la democracia. Los grandes líderes, los que cambian el curso de la historia, están hechos de confianza en sí mismos y de entereza, sí, pero también de mucha humildad. Gandhi y Mandela tuvieron tanto tesón como generosidad. Porfiaron y cedieron por el bien de sus causas. Pelearon cuando fue indispensable hacerlo y al triunfar atemperaron excesos y sanaron las heridas que provocaron. Y lo más importante, no titubearon en reconocer y enmendar sus errores. Por eso fueron excepcionales. El mejor homenaje que se le puede hacer a un gran hombre es demostrar que fue grande sin dejar de ser hombre.

Los griegos humanizaban a los dioses y nosotros deificamos a los humanos. El poder es una pócima que contiene una alta dosis de hibris; quien la bebe sin poseer la sencillez de la verdadera grandeza trueca sus creencias en certidumbres universales. Una cosa es la convicción de un líder político y sus seguidores de tener la razón y muy otra es la posesión y la exigencia de una fe de carbonero en que su victoria sublimará a la nación y la de la oposición la destrozará. Esta certeza socava la democracia. Porque entonces la discrepancia se vuelve traición y quienes no respaldan al adalid –periodistas incluidos– son zaheridos. Si la causa es de vida o muerte para la patria se tiene que garantizar su prevalencia, y la tentación de echar mano de recursos antidemocráticos aumenta enormemente. Sé que estos tiempos no son propicios a la mesura, pero hay que decirlo: los extremismos atentan contra la supervivencia de la democracia. Ojo: ya murió una vez en Atenas cuando los extremistas decretaron su ineficacia ante el autoritarismo militarista espartano, y tardó 2 mil años en resucitar.

Hay un valor en torno al cual todos tenemos que estar de acuerdo, y en el que nadie debe hacer concesiones: la integridad ética. De ahí en adelante, sin embargo, no hay absolutos. Izquierda o derecha, nacionalismo o globalidad, posturas en temas de moralidad social o de medio ambiente, todo puede ser cuestionable. Yo soy socialdemócrata y creo que mis posiciones ideológicas son las mejores para México y para el mundo. Detesto lo que hicieron Thatcher y Reagan, rechazo el neoliberalismo y me repugna lo que representan Trump y Bolsonaro; no vacilaría en contrarrestar manipulaciones como las de Cambridge Analytica et al, pero tampoco avalaría un fraude electoral ni un golpe de Estado ni una insurrección armada para contrariar una voluntad popular que considero errónea. Eso no es de demócratas.

Cuando el presidente López Obrador habla del “cambio verdadero” que él encabeza asume esa certeza indeseable. Y al arremeter contra quienes no lo comparten –en el acto en que debería mostrar más que nunca su faceta de jefe de Estado– y arrojarles el anatema de “conservadores moralmente derrotados”, se acerca al precipicio de la antidemocracia. Cuidado.