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PROBLEMAS VIEJOS, MIRADAS NUEVAS

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En estas fechas se escuchan buenos deseos para el ciclo que empieza. Uno, que se repite mucho, es “ojalá que sea un buen año”, y lo retomo para divagar acerca de qué deberíamos hacer para lograr que este 2020 –al que seguro no le van a faltar muchos conflictos– sea ese “buen año” que todos anhelamos. ¿Cómo enfrentar, de manera renovada, los problemas? Me vienen a la mente dos artículos recientes que me hicieron pensar en la importancia de tener una mirada distinta acerca de los conflictos políticos.

Uno es el de Luigi Ferrajoli, titulado “Deshaciendo un posible equívoco” (El País, 29 de diciembre), en el que  plantea que la democracia se funda en la contradicción entre conflictos identitarios y el respeto de las diferencias. Este jurista italiano señala que, de no ser mediados y resueltos rápidamente por la política, es decir, por el diálogo y el debate, los conflictos identitarios se radicalizan, y pone como ejemplo el independentismo catalán.

El otro es el de Beatriz Sarlo, titulado “Panteón” (Perfil, 15 de diciembre), en el cual argumenta que en vez de negar las diferencias, hay que encararlas y también saber reconocer cuando son acertadas. Mientras Ferrajoli se lamenta del contexto confrontativo que llevó a que se tratara de apaciguar un conflicto “eminentemente político” –como el catalán– recurriendo al derecho penal, Sarlo se alegra del “paso gigantesco” que significó el discurso del nuevo presidente de Argentina, Alberto Fernández, en la construcción de una mejor arquitectura cívica. En ambos está presente una mirada distinta acerca del conflicto político.

Mientras a Ferrajoli le preo­cupa para el futuro de nuestras democracias la extrema peligrosidad de tantos conflictos identitarios promovidos desde una concepción de la política informada por la lógica schmittiana del amigo-enemigo, a Sarlo le entusiasma que, por primera vez, en Argentina, se ha comenzado a construir un panteón de grandes figuras nacionales.

En la antigüedad el “panteón” era el templo dedicado a todos los dioses, y para Sarlo “el panteón implica que existe una idea común sobre el curso de la historia nacional, y por lo tanto están allí quienes fueron las figuras de primer orden, aunque hubieran sido enemigas constantes”. El reconocimiento que, en su discurso, Alberto Fernández hace de Raúl Alfonsín, lleva a Sarlo a valorar: “Treinta años le tomó a un presidente peronista hacer este reconocimiento”.

Y así, con ese ingreso simbólico de Alfonsín al panteón político argentino, ella declara que “la transición democrática se ha cumplido cuando un presidente peronista reconoce que un presidente radical fue el punto inicial de la época de la cual el peronista aspira a formar parte”. Sarlo considera que “Alfonsín en nuestro panteón criollo prueba que el peronismo ha aprendido. Esto importa, porque un país es la conflictiva suma de sus representaciones”.

Por otra parte, ante el conflicto civil y político en Cataluña, Ferrajoli expresa la preocupada perplejidad con la cual varios juristas italianos han seguido el proceso, pues “el clamor que ha acompañado el juicio penal, el uso de la prisión preventiva, la campaña política promovida por las fuerzas de la derecha contra los imputados y las altísimas penas impuestas a los condenados, han tenido el efecto de exacerbar el conflicto y agravar, en vez de resolver el problema. Que sólo podría resolverse con diálogo, argumentación y confrontación de las razones”.

Esto lo lleva a plantear la necesidad de que los filósofos y los teóricos del derecho traten de lograr que prevalezca la razón, y muestra que, por ejemplo, “un aporte de razón al debate político” radicaría en una propuesta como “una amnistía dirigida a realizar la pacificación nacional y, con ella, la convivencia y el pacífico respeto entre los diferentes”. Ambos, Sarlo y Ferrajoli, subrayan que la convivencia pacífica de las diferencias, de todas las diferencias de identidad de las personas, es la esencia de la democracia.

Empieza un nuevo año, con viejos problemas y nuevos conflictos. Deseo que en México seamos capaces de reconocer, como bien apunta Sarlo, que “el conflicto es tan indispensable como el diálogo que, eventualmente, puede impedir que los intereses más opuestos no terminen en guerra”. Y también deseo que podamos asumir algo sustantivo, que igual enfatiza Sarlo: el hecho de que exista diversidad no nos exime de “obligaciones compartidas”. Para ella, “reconocer las obligaciones compartidas es la única unanimidad deseable para la democracia: pagar impuestos en vez de evadirlos, por ejemplo”.

En resumen, espero que comprendamos la crítica de esta intelectual argentina: “Tanto nos hemos peleado los argentinos, que el recuerdo de esos encontronazos llevó a muchos a ilusionarse con una fantasía bobalicona de acuerdo constante que, por supuesto, no se logra y, en consecuencia, la decepción marca cada uno de los capítulos de ese sueño unificador que, de cumplirse, se convierte en pesadilla”. Según ella, el acuerdo permanente es una superstición tan falsa como la reducción de toda política a guerra.

Ojalá en México desechemos el iluso deseo de unanimidad, que dificulta el indispensable reconocimiento de la diversidad política, tan vital para la democracia.­

Este análisis se publicó el 5 de enero de 2020 en la edición 2253 de la revista Proceso