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Lepanto, historia y política

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Falsamente se cree que los fenómenos históricos son los fenómenos políticos, dice Ortega y Gasset. Lo político resulta ser “escaparate de lo social”, realidad epidérmica, no la esencial, no la profunda. En suma, aparato ortopédico, afirma el filósofo. La profunda está hecha de nobleza de corazón, caballerosidad, justicia, poesía y valor, que afloran de las entrañas de lo social. Lo social, surtidor de grandezas cuando predomina.

Hölderlin lo dice de manera parecida: siempre que el ser humano hace del Estado su cielo, lo “ha convertido en infierno”. El Estado es solo “el muro que rodea el jardín de los frutos y flores humanos”. Cuando el jardín está en trance de sequía, la única ayuda es la lluvia del Cielo: “¡Oh lluvia del Cielo, oh Entusiasmo que traen la primavera de los pueblos!”.  

Un día bendito se dijo: “hubo un hombre llamado Juan” que dio testimonio de la luz hace dos mil años. Y otro del mismo nombre, elegido providencialmente por un Papa, mil quinientos años después, trajo la primavera a Occidente y dio testimonio de valor y grandeza: Don Juan de Austria. Lo dio en la batalla naval de Lepanto, el 7 de octubre de 1571. Batalla entre la catolicidad y el Islam turco, entre la Cruz y la Media Luna, y como escenarios, el mar Jónico y el porvenir.

De niño, Jeromín, hijo de una mujer del pueblo y de un emperador; de joven, Juan de Austria, vástago del rayo, vendaval, “luz de amor para España”, fallecido a los 33 años, con las alforjas llenas de simpatía, gloria y juventud.

Y un gigante de la literatura, Miguel de Cervantes, peleó también junto a Juan, con la pluma y con la espada en la “más alta ocasión que vieron los siglos”, según el Manco ilustre, hacedor del Quijote. Juan, a los 24 años, al frente de trescientas naves, ochenta mil hombres y la historia; él mismo y sus cruzados de la galera capitana, combatiendo, cuerpo a cuerpo, a los jenízaros feroces de la Sultana, nave insignia de los turcos. 

Ese remoto 7 de octubre de 1571, era domingo, y a las dos de la tarde, la Cruz contempló la victoria. Habían combatido ¡150 mil hombres y más de 500 naves! Y tal hora definió para siempre su vida, la de Juan, como todos sentimos, a la manera de Dante, que un solo momento de la existencia nos marca indeleblemente; “un instante como cifra de la vida”, como el de aquel buen ladrón en una cruz al lado de la Cruz.

Chesterton, otro gigante, escribió un poema épico que le cantó a Lepanto, traducido del inglés al castellano por otro de ese tamaño, Borges. Intercalo ahora destellos de ese poema en secuencia resumida en razón de espacio; una cumbre del arte tal poema, un homenaje a los valientes:

“Blancos los surtidores en los patios del sol;

El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.

Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.

Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,

Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.

La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;

La sombra de los Valois bosteza en la Misa;

De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,

El último caballero de Europa toma las armas,

Don Juan de Austria se va a la guerra.

Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.

Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,

Yergue la cabeza como bandera de los libres.

Luz de amor para España ¡hurrá!

Luz de muerte para África ¡hurrá!

Don Juan de Austria

Cabalga hacia el mar.

Rayo de Iberia

Don Juan de Austria

Sale de Alcalá.

Don Juan de Austria

Les está gritando a las naves.

Ha desatado el cañoneo.

El rojo corre sobre la plata y el oro.

¡Vivat Hispania!

¡Domino Gloria!

¡Don Juan de Austria

Ha dado libertad a su pueblo!

Cervantes en su galera envaina la espada

(Don Juan de Austria regresa con un lauro)”.

Que la lluvia del Cielo y el entusiasmo social nos traigan la primavera. El enemigo surge ahora de dentro de Occidente y de fuera, y tiene muchas aristas. Una de ellas, racismo anti migrante tan extendido; otra, tiranía azotando varios lugares. Y otra de nuevo cuño: ideología y práctica uniformadoras que, en aras de una falsa libertad y falso humanismo, violentan los verdaderos derechos y libertades de cada persona. Ideología de índole postiza, altanera e irracional que pretende destruir la riqueza del ser y sus fines esenciales, de la inteligencia, de toda ciencia, de la personalidad y la vida.

Riqueza fundada en el orden natural e inalienable del ser, en el diseño original de la creación, en la Sabiduría infinita e indesafiable. Frente a tal ideología plagada de sofismas y caprichos, heredera de Sodoma y de Hobbes -ideólogo del totalitarismo moderno-, se levanta la filosofía aristotélico-tomista, portentosa, perenne, siempre reverdeciendo con buenas nuevas que salvan, como dice Chesterton en Ortodoxia, de las insensateces humanas.

La batalla se libra hoy con las armas del espíritu y la resistencia para defender los fueros del bien, la justicia y la libertad, para reconocer los límites humanos, para alcanzar el imprescindible “cambio de actitud, que significa un paso hacia la autenticidad, hacia la sinceridad que derroten en definitiva patrañas y simulación”. 

Dedico este artículo con afecto a mi hermana Lis, una guerrera “gozosa en la esperanza, paciente en la tribulación”; con admiración a los cruzados de hoy como S.S. Francisco, como a los valientes que gritan hoy Libertad, Patria y Vida, a pesar de la represión de un régimen político que da a su pueblo harto, cárcel y desesperación, y que culpa a otros de su fracaso social; y a la memoria de Godofredo de Bouillón, San Luis, Ricardo Corazón de León, el Gran Capitán Fernández de Córdoba, Juan de Austria, Alejandro Farnesio, Cervantes y de todos los cruzados, almas grandes de ayer.

P.D. Con ánimo fraterno señalo que el rebrote de la pandemia no debe ser subestimado, como lo fue el inicio de la misma con las consecuencias conocidas. Con solo un 16.5% de la población totalmente vacunada -en Chile y Uruguay, por ejemplo, lo está casi el 60%-, es apremiante alertar a todos, redoblar esfuerzos y tomar medidas responsables e idóneas -en materia educativa por ejemplo para no arriesgar a la niñez-, a fin de enfrentar eficazmente el rebrote y salvar vidas irrepetibles de seres queridos y del prójimo.