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Los abusos de los turistas

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Un domingo de noviembre una mujer subió por las escaleras del castillo de Kukulkán en la zona arqueológica de Chichén Itzá en Yucatán, y al llegar a la cima se puso a bailar. Se trata de un espacio prohibido al que no se puede acceder y la mayoría de los turistas respetan. Asombrados, algunos fotografiaron la escena y otros abuchearon a la exhibicionista pidiendo cárcel y aplicarle lo que señala la ley. Conminada a bajar por un guardia, éste debió protegerla para evitar que fuera agredida por quienes mostraron su enojo por la falta cometida.

El asunto trasciende porque los turistas, después de convertirse en una apreciada fuente de ingresos para los países, forman ya parte de la distopía del mundo moderno. Ahora se hacen notar por la falta de respeto a los sitios históricos, por la transgresión de normas para proteger el patrimonio; se montan en cualquier monumento, suben a sus pequeños a alguna escultura para facilitar la fotografía que permiten los abundantes celulares. Lo importante no es ver, sino contar con el testimonio efímero de las joyas de un museo donde expresamente se prohíbe su uso porque pueden lastimar las pinturas y sus dispositivos impiden su contemplación al resto de los visitantes.

Las evidencias son muchas. La escultura de David de Miguel Ángel en Florencia debió resguardarse en el Museo de la Academia y ser sustituida por una réplica. Igual, su Piedad en la Basílica de San Pedro debió protegerse con una gran vitrina transparente para evitar los daños provocado por años de ser tocada y finalmente por haber recibido un fuerte golpe con martillo.

Varios siglos transcurrieron entre los viajeros que descubrían orgullosos las obras de arte que se ofrecen el mundo, o al verse caminando por donde nadie más lo había hecho, y veían lo que creían nadie más había visto, y estaban seguros de ser los primeros en pasar por allí. Apenas se descubría en el siglo XVIII, con el nacimiento de la burguesía, que se podía descansar y gastar parte de la ganancia en los negocios en la visita a un lugar de remanso para pasarla bien. Desde entonces se establecieron los primeros hoteles en los que se iniciaba esa práctica. Gran Bretaña dio el ejemplo en Brighton y Bath desde 1750.

Con la invasión de Napoleón a Egipto se abrió la posibilidad a los europeos para viajar a un destino con muchos atractivos imaginarios. Se realizaron recorridos por las magníficas ciudades italianas de Milán, Venecia, Pisa y Florencia, admirando el arte del Renacimiento y escuchando historias que rayaban en la leyenda. El descubrimiento, decía, “produce el más noble de los placeres” y suscita “más orgullo” que cualquier otra experiencia.

El primer barco de vapor que emprendió un viaje largo en el Mediterráneo fue el François 1er en 1833. Tres líneas regulares francesas realizaban ya el viaje Marsella-Malta-Constantinopla-Atenas-Alejandría en 1835. Al final de 1850 el viaje luego de Marsella sólo tenía escala en Malta, antes de llegar a Alejandría, Jaffa y Beirut. Los barcos tenían cuatro clases y partían cada 15 días, con un costo entre 500 francos en primera y 100 en cuarta. En 1855 los hermanos Péreire fundaron la Compagnie Générale Transatlantique, la primera que estableció la ruta entre Francia y México durante el Segundo Imperio. Con la apertura del Canal de Suez en 1869 “aumentó en forma considerable el tráfico en el Mediterráneo e hizo de Egipto el punto de pasaje obligado en la ruta de las Indias y del Extremo Oriente”.

En 1876 se creó la Compagnie Internationale des Wagons, inspirada en los vagones de noche creados por Pullman en Estados Unidos. Fue el creador del Orient-Express, con su viaje inaugural el 4 de octubre de 1883 de París a Estambul. El recorrido de 3 mil 342 kilómetros se cubriría en tres días. Impresionó a los periodistas invitados su velocidad de 80 kilómetros por hora y el aislamiento del ruido externo.

Ese fue el mundo de los primeros viajeros, quienes vieron con malos ojos a los que llamaron turistas porque acabaron con el “recogimiento” y las “soledades interiores” que buscaban quienes, por lo general, pertenecían a las familias más ricas del planeta. Así se expresaban de los “cook”, que ya podían emprender viajes organizados. Mark Twain se quejaba de las molestias por ir en esos carruajes repletos de los que llamó turbas. Ya más cercano al concepto moderno de las masas que llenan los aeropuertos y los barcos e invaden las ciudades.

El gobierno de China busca impedir que el turismo interno destroce paraísos naturales, como el formado por las dunas del desierto de Xiangshanwan, por donde antes caminaban los paseantes contemplando los maravillosos paisajes y ahora se encuentra invadido por cientos de camellos que fueron introducidos para trasladar a los visitantes que destruyen el ecosistema.

En Madrid entre 2010 y 2019 el número de lugares de alojamiento se duplicó de cerca de 346 mil a 788 mil, con un problema adicional, porque 82% ocupa pisos turísticos, desplazando a los hoteles. Según Exceltur hay que evitar, como se prevé, un brote de turistofobia semejante al de 2017, con la proliferación de turistas en los cascos históricos europeos y evitar que sean recibidos con letreros de los locales de “no más visitantes”, que ostentaban en las escalinatas de la Catedral de Barcelona, ciudad que recibe turistas que llegan a rebasar 1 millón al mes. Y la concentración es notable en ciudades como Sevilla, Valencia y París. Así Venecia, que recibe entre 26 y 30 millones de visitantes al año, decidió imponer cita previa como medida protectora. Se recuerda cómo en el verano pasado los vénetos mostraban carteles conminando a los turistas a “no venir más a la ciudad”.

Los centros históricos de las ciudades de México comienzan a resentir el problema que ya se manifiesta en Oaxaca y Guanajuato y, por supuesto, en la Ciudad de México con el patrimonio histórico cultural expuesto sin la atención debida porque las autoridades, entretenidas en otras cosas, sólo suman las ganancias de sus visitantes.