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Atolladero

Columnas
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Durante la pasada Cumbre de América del Norte, López Obrador pronunció unas palabras que ponen en claro no sólo la contradicción de su 4T, sino el atolladero al que un mundo basado en la idea del desarrollo llegó. Sintetizo sus palabras, que lanzó como un reproche a Biden: lo único importante que se ha hecho en materia de cooperación para el desarrollo en nuestro continente en más de medio siglo fue con el presidente John F. Kennedy en 1961 y su Alianza para el Progreso. “En ese entonces, Estados Unidos invirtió, en 10 años, 10 mil millones de dólares que, a los precios de hoy, serían 82 mil millones de dólares en beneficio de los pueblos de América Latina y el Caribe”.

A menos que López Obrador entienda la Alianza para el Progreso como un conjunto de dádivas que se repartieron entre los pobres, como lo hace con sus programas sociales, no puede comprenderse que haya dicho lo que dijo. En realidad, como lo vio bien Iván Illich, cuando aquella alianza se puso en marcha (“La alianza para el progreso de la pobreza”, Alternativas), lo que los homólogos de López Obrador buscan con una mayor apertura de los mercados es, pese al desagrado del propio AMLO, una nueva fase de esa misma alianza. Si López Obrador y quienes redactaron su discurso hubiesen leído el ensayo y el libro de Illich, se habrían dado cuenta que la Alianza para el Progreso fue causante de la destrucción de los modos de subsistencia de los pueblos latinoamericanos y caribeños y de su reemplazo por productos enlatados que dependen del industrialismo. La ceguera de López Obrador radica en su incapacidad para entender que entre el desarrollo y la fabricación de lo que Illich llama “pobreza modernizada” hay una relación proporcional. En su ceguera no se da cuenta que tanto sus megaproyectos (el Tren Maya, el Transístmico, la refinería Dos Bocas, el AIFA) como sus programas sociales que, mediante dádivas, intentan aumentar el poder de consumo de los pobres, no sólo son una continuación, en clave de Estado, de la lógica desarrollista exportada a nuestro país con la Alianza para el Progreso, sino que sus consecuencias son igual de nefastas: destruyen las escasas formas de subsistencia que aún quedan en México después de más de 70 años de desarrollo, arrasan con las zonas naturales que habían escapado a la depredación neoliberal, fortalecen la demanda de productos cada vez más caros y de dinero para satisfacerlos, alientan actividades ilícitas y violentas para procurarlo, y continúan la transformación de la pobreza y sus actividades de subsistencia en miseria modernizada.

En este sentido, como todo régimen populista, la 4T, diría Adam Przeworski (Las crisis de la democracia), es la gemela ideológica del neoliberalismo. Una y otro afirman que tanto el orden social como el desarrollo económico “se crea de manera espontánea por un único demiurgo: ‘el mercado’ o ‘el pueblo’, y no conciben que las instituciones” cada vez más desfondadas en el mundo y prácticamente inexistentes en México –carente desde siempre de un verdadero estado de derecho–puedan tener algún papel regulador.

Así la 4T, al no ver el problema de la pobreza en la lógica del desarrollo que, al igual que el neoliberal, consiente y auspicia, culpa de la injusticia a una élite acaparadora de la producción y el mercado que llama “fifí” o “conservadora”. Como todo régimen populista cree que si los recursos para el desarrollo estuvieran en manos del pueblo, encarnado en el Estado, el crecimiento económico sería más justo. Olvida que el mundo ha llegado a un atolladero gracias a dos procesos convergentes y activados, según Illich, por la Alianza para el Progreso: 1) la ley de la escasez, mediante la cual hay cada vez menos alternativas para acceder a la oferta de mercancías enlatadas; 2) el terror que produce el crecimiento de la población que estrecha más el acceso a ellas. Así, despojados de nuestras capacidades autónomas para satisfacer nuestras necesidades naturales mediante la autosubsistencia, avergonzados por nuestra condición de subdesarrollados (término acuñado y popularizado por Harry Truman en 1949), penetrados por el desarrollismo inaugurado por esa Alianza para el Progreso que López Obrador elogia e incapacitados para satisfacer las necesidades creadas por el mercado de otra manera que mediante el dinero, hemos llegado al actual estado de violencia y corrupción.

Los populismos, donde la 4T se enmarca, y el neoliberalismo, que hoy se disputan los destinos del mundo, se encuentran en un grave atolladero. Hermanos gemelos al fin, ninguno ha hecho la crítica del desarrollo y, en consecuencia, no pueden concebir una alternativa al desastre. “Mercado” o “pueblo”, sus resultados exacerban el malestar, la violencia y el caos. Por desgracia, la mayoría de nosotros, devorados por las necesidades crecientes del desarrollo y sus producciones, tampoco queremos ni podemos escapar de él. Como López Obrador y los populismos, pretendemos gozar de sus beneficios sin pagar los costos que el neoliberalismo exhibe. Pero sea con uno o con otro, el desastre nos aguarda. Son las lecciones de estos tiempos donde los sueños de la razón se desfondaron y engendraron los monstruos entrevistos por Goya.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a México.