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De derechas e izquierdas

Columnas
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México cuenta hoy con un gobierno que se autodenomina de izquierdas y que plantea una narrativa electoral en la clave del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, entre los progresistas y los conservadores, los honestos y los corruptos, aquellos que transforman y aquellos que son reaccionarios. ¿Es realmente así? ¿Qué significa hoy ser de izquierda o ser de derecha?

Históricamente la división del espectro político entre la derecha e izquierda se basaba en las posiciones económicas y de justicia social de los partidos o personas que los sostenían. 

La izquierda pugnaba entonces por una distribución justa de los recursos y oportunidades para todos los miembros de la sociedad, la igualdad de derechos y oportunidades para todos y un papel activo del Estado en la regulación de la economía y la provisión de servicios públicos como educación, salud y seguridad social. 

La derecha, a su vez, defiende el derecho a la propiedad privada y la idea de que los individuos deben ser recompensados por su esfuerzo y éxito, sosteniendo que cada individuo es responsable de su propio bienestar y éxito, y promueve un sistema económico basado en la libre competencia y la mínima intervención estatal.  

En términos de los valores sociales, la izquierda –por definición– se asociaba con las ideas progresistas, mientras que la derecha con las posiciones conservadoras. La izquierda apostaba por la búsqueda del cambio social y político para mejorar las condiciones de vida de las personas y construir una sociedad más justa e inclusiva, mientras que la derecha defendía los valores tradicionales y las instituciones establecidas, como la familia, la religión y la nación. 

Esta manera de organizar o entender el espectro político no ha dejado de ser del todo vigente –los partidos políticos, analistas y ciudadanía la siguen utilizando–, aunque ante los fenómenos recientes resulta ser cada vez menos clara y, quizá, menos útil. ¿Qué ha cambiado? 

En las últimas décadas, especialmente a partir de la caída de la Unión Soviética, se ha dado una convergencia de políticas económicas entre partidos y líderes de izquierda y de derecha: todos se han recorrido hacia posiciones más céntricas. Con ello muchos partidos socialdemócratas y laboristas tradicionalmente asociados con la izquierda han adoptado políticas económicas más centristas, como la promoción del libre comercio, la reducción de la regulación empresarial y la reforma del estado de bienestar (como el Partido Laborista del Reino Unido bajo el liderazgo de Tony Blair o el PSOE, de José Luis Rodríguez Zapatero). 

Al mismo tiempo algunos partidos conservadores y liberales tradicionalmente asociados con la derecha han abrazado políticas que antes se consideraban de izquierda, como la inversión en infraestructura y la intervención estatal para estimular el crecimiento económico (por ejemplo, la CDU de Angela Merkel o el Partido Conservador británico de Boris Johnson).

A la par, han cambiado las preocupaciones y los intereses de los votantes. Los temas como la identidad (con un enfoque creciente en cuestiones como la raza, la etnia, el género, la orientación sexual y la religión), la cultura (con debates sobre temas como la inmigración, la integración, la globalización y el multiculturalismo) y la seguridad han adquirido una mayor importancia en el debate político, llevado a realineamientos políticos en muchos países, con nuevas coaliciones y divisiones que trascienden la dicotomía izquierda-derecha.

Por ejemplo, algunos partidos de izquierda han perdido el apoyo de los votantes de la clase trabajadora que se sienten más atraídos por los llamamientos culturales y de seguridad de los partidos populistas de derecha. Este fenómeno lo experimentó el Partido Socialista francés, perdiendo votantes en favor del Frente Nacional, o el Partido Demócrata estadunidense que ha visto una erosión del apoyo entre los votantes blancos de la clase trabajadora en estados del Medio Oeste que en 2016 votaron por Donald Trump. 

Finalmente, en las últimas décadas han surgido movimientos políticos que desafían la clasificación tradicional de izquierda y derecha, en particular el populismo y el nacionalismo. No es extraño ya encontrar a populistas de izquierda que pueden combinar políticas económicas redistributivas con una retórica antiestablishment (como el partido griego Syriza, liderado por Alexis Tsipras, o Podemos en España), mientras que algunos movimientos populistas de derecha pueden combinar políticas nacionalistas y anti-inmigrantes con críticas al libre comercio y la globalización (es el caso de los republicanos bajo el liderazgo de Trump o el partido húngaro Fidesz de Viktor Orban). 

El nacionalismo de izquierda, a su vez, puede combinarse con políticas económicas proteccionistas y redistributivas (Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia), mientras que el nacionalismo de derecha puede enfatizar la preservación de la identidad cultural y la restricción de la inmigración (Frente Nacional en Francia o el partido Ley y Justicia en Polonia).

Lo que complica aún más la clasificación de estos movimientos en la dicotomía izquierda-derecha es que a menudo combinan elementos de ambas tradiciones ideológicas. Por ejemplo, algunos movimientos populistas y nacionalistas pueden abogar por políticas económicas tradicionalmente asociadas con la izquierda, como el proteccionismo y la redistribución de la riqueza, al mismo tiempo que adoptan posiciones sociales y culturales más conservadoras.

El surgimiento de estos movimientos desafía la noción de que todas las posiciones políticas pueden clasificarse de manera clara y coherente como de izquierda o de derecha. Esto sugiere que la dicotomía tradicional puede no capturar adecuadamente la complejidad del panorama político contemporáneo y que se necesitan nuevas formas de entender y analizar estos movimientos.

La complejidad de las posiciones ideológicas y sus evoluciones recientes obligan a cuestionar la utilidad de la dicotomía derecha-izquierda, especialmente en cuanto a la asociación de las posiciones sobre la economía y justicia social con aquellas sobre los valores, identidades y cultura. 

Existen derechas autoritarias e izquierdas autoritarias, conjugando las posiciones económicas opuestas con el mismo rechazo a las autonomías, diversidades y cambios sociales. También existen derechas e izquierdas democráticas que, aunque se distinguen en las posiciones relativas a la intervención social y visiones de una sociedad justa, reconocen los valores democráticos de la participación política, limitaciones al poder y la pluralidad. 

Ante este galimatías, es cada vez más complejo distinguir las derechas e izquierdas, especialmente si tomamos en cuenta los dos aspectos, el económico y el de valores. En estas situaciones llega a ser, a veces, más sencillo pensar en términos de las exclusiones, preguntándonos ¿qué ideas no corresponden a la visión de la izquierda y de la derecha? 

La derecha no está en favor del progresismo social, del intervencionismo estatal en la economía, del ambientalismo, de la secularización y del relativismo moral, de los procesos de integración, de las acciones afirmativas y políticas de identidad. 

La izquierda ciertamente rechaza el conservadurismo social (los valores tradicionales, las jerarquías sociales establecidas y las instituciones como la familia tradicional, la religión y la nación), el neoliberalismo económico (la desregulación y la reducción de los servicios públicos y las redes de seguridad social, la oposición a las políticas redistributivas y a la intervención del Estado en la economía), el nacionalismo excluyente (políticas de exclusión, discriminación o xenofobia e ideas de superioridad de una nación o grupo étnico sobre otros), el militarismo, el negacionismo del cambio climático.

MOVIMIENTO DE DERECHA EN ALEMANIA

La dicotomía izquierda-derecha, aunque sigue siendo una referencia común, parece haber perdido gran parte de su capacidad para capturar la complejidad del panorama político actual que necesita nuevas formas de entender y nombrar las identidades y proyectos políticos. 

Quizás lo más sensato sea reconocer los límites de las etiquetas y categorías heredadas, y estar abiertos a pensar y dialogar más allá de ellas. También sería conveniente reconocer que los discursos y los proyectos políticos que materializan las personas y los partidos políticos no siempre vienen de la mano y las etiquetas que utilizan no sirven más que para legitimar (o deslegitimar) a las opciones políticas y conseguir los votos.