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Nunca es penal

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Vivimos en un país donde nadie pierde ¡nunca! La derrota no existe; por lo que se esté compitiendo, lo que se quiera conseguir, no se pierde, alguien lo arrebata: el contrincante, el árbitro, las circunstancias, el sistema, el lag, ¡el universo!

Si tu equipo favorito pierde un partido, por ejemplo, la final, no es porque el otro equipo jugó mejor: la mejor explicación, la más satisfactoria, es que el árbitro era un vendido, apoyaba al contrario, los jugadores de tu equipo se vendieron, la cancha estaba en malas condiciones. El penal que les marcaron en contra no fue penal, fue un robo descarado, una invención del árbitro y la televisora, un auténtico fraude.

Si repruebas una materia no es porque no estudiaste lo suficiente, o por no haber entregado los trabajos en tiempo y forma, o por no haber cumplido con todos los requisitos. Es porque el profe la trae en contra tuya, porque no calificó de manera justa o porque tiene a sus favoritos y tú no estás en ese selecto grupo.

Si tu partido pierde las elecciones, no es por su incapacidad para convencer a las y los votantes, o por una mala campaña, o por falta de propuestas que resonaron con la ciudadanía. Tampoco por las malas candidaturas o por el mal desempeño histórico de tu partido o coalición. Es por la cancha inclinada, por el árbitro vendido, por las condiciones injustas de competencia, porque hubo fraude.

Por supuesto, a veces pasa. Los árbitros se llegan a equivocar (incluso en la época del VAR), hay profesoras y profesores injustos y prejuiciosos, las condiciones de competencia electoral llegan a estar sesgados. Pero ésas son las excepciones, no las reglas. Ocurren con menor frecuencia de lo que se cree y, en la gran mayoría de los casos, la responsabilidad es de uno mismo.

La actitud que lleva a las élites políticas mexicanas de fincar responsabilidades por sus derrotas en las urnas a causas externas parece ser una de las pocas que comparten, sin importar su signo partidista. Andrés Manuel López Obrador ha tachado de fraudulentas e injustas a todas las elecciones que perdió y, cuando ganó, señaló que fue a pesar del sistema electoral.

Hoy, ante una derrota sin precedentes, la oposición acusa de fraude a las instituciones que hace apenas unos días y semanas estaba defendiendo. Es más, hizo de su defensa la parte central de su campaña, pero, cuando los resultados no le favorecen, cambian el discurso y acusan fraude. Este abrupto cambio de actitud no sólo pretende desviar la atención de su propia responsabilidad en la derrota de 2 de junio. Es un discurso peligroso y antidemocrático, que no puede tener cabida en un grupo que se pretende constituir como un movimiento que defiende la democracia.

El partido Morena orgullosamente presenta los resultados en los que obtuvo victorias en la Presidencia, en el Congreso federal, en las legislaturas estatales, en las gubernaturas, en los ayuntamientos, respaldando la actuación del INE y de los institutos electorales ahí donde ganaron, pero levanta acusaciones de fraude y delitos electorales en Jalisco, donde perdió la gubernatura contra Movimiento Ciudadano. Por supuesto, no cuestiona los resultados en los distritos ni ayuntamientos que sí ganó en esta entidad. 

Claudia Sheinbaum ganó la elección presidencial dos a uno. Con diferencia de más de 19 millones de votos. Por un nocaut.

Por supuesto que la elección no fue perfecta y quedó lejos de los estándares de integridad electoral. La intervención presidencial en la contienda, el uso de los recursos públicos y la asociación y condicionamiento de los programas sociales con una sola fuerza política (y una sola persona), la disminución de las capacidades institucionales del INE, los conflictos al interior del INE y del TEPJF, las decisiones controvertidas que aceptaron el statu quo de la actuación de los actores políticos por encima de la ley (como la validación de las precampañas anticipadas o el registro de algunas candidaturas), todos han sido factores importantes en el desarrollo del proceso electoral e influyeron, en alguna medida, en el voto.

Sin embargo, en el desarrollo de la jornada electoral no hubo fraude. Millones de personas involucradas en la operación de la jornada –integrantes de las mesas directivas de casillas, supervisores, capacitadores y asistentes electorales, representantes de los partidos, personas consejeras de distintos niveles– cumplieron e hicieron cumplir las reglas y todos los candados existentes para asegurar nuestro derecho a votar. Nuestras vecinas y vecinos, que generosamente dedicaron su tiempo, han hecho un buen trabajo y han cuidado los votos. Los errores e inconsistencias que se han presentado se están corrigiendo durante los cómputos distritales y, en su caso, podrán ser analizados por los tribunales correspondientes, tal y como ocurre desde hace 30 años.

El resultado de una elección en la que la ganadora obtiene más votos que sus dos contrincantes juntos, donde gana dos a uno a su rival más cercana, gana en todos los grupos sociales y edades, no puede ser explicado solamente por la intervención gubernamental o debilidad institucional. El mensaje de las urnas es claro y los resultados tienen que ser respetadas por todos los actores políticos, no sólo cuando les favorecen. Por el contrario, deben ser respetados especialmente cuando no les favorecen: ésa es la expresión de un verdadero compromiso democrático.

En el futbol, en el box, en cualquier deporte, cuando juegas, te apegas a las reglas y a las decisiones del arbitraje. Aunque dudes de este penal marcado en tu contra, aceptas y reconoces la decisión del árbitro. Das lo mejor de ti, sigues jugando, lo intentas en la próxima.

En la democracia, cuando te postulas en unas elecciones, te sometes a la decisión de la mayoría, a las reglas del juego y a las interpretaciones que de éstas haga la autoridad. Puede que no te guste, que estés en desacuerdo con su interpretación de la ley o de la realidad, pero te apegas a las reglas y te comprometes a respetar la decisión del árbitro que te toque, de la interpretación que hará de las reglas del juego.

En las elecciones de 2 de junio, más allá de las irregularidades ocurridas previo a la jornada, la decisión de la mayoría fue clara y contundente. El resultado no deja lugar a dudas y cuestionarlo desde un discurso de fraude está destruyendo la democracia que todos dicen querer proteger.