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La lección de la migración hondureña

Editorial
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Sobre la carretera costera que va de Tapachula a Arriaga se observa caminar a grupos de migrantes hondureños que van en éxodo huyendo de las condiciones sociales de su país.

 

En ese caminar se ven a mujeres, niños y niñas, adolescentes, personas adultas, que por sobrevivencia van en busca de una tierra prometida que no existe, pero que les resulta prácticamente imposible permanecer en su país de origen en donde ya se quedaron sin nada y huyen en buscan refugio para superar los problemas de pobreza  y de violencia que hay en Honduras.

Estados Unidos es corresponsable de la crisis política que hay en ese país centroamericano; en donde el presidente se reeligió en contra de los preceptos establecidos en la constitución, y fueron funcionarios de la embajada norteamericana los que manifestaron que las elecciones fueron limpias y que apoyaban la reelección de Juan Orlando Hernández. La consecuencia de esta decisión fueron múltiples protestas callejeras, que terminaron con muertos, detenidos y una masiva migración de hondureños.

La migración en caravanas tiene un sentido de protección: los grupos grandes se autoprotegen de los grupos delincuenciales que hay en la ruta, se solidarizan entre sí y colectivamente resisten la violencia de la que son objeto en el camino.

La migración es una actividad sumamente riesgosa. En su largo peregrinar los migrantes internacionales sufren agresiones policíacas, abusos de los grupos delincuenciales, violencia y engaños en los casos de trata, amenazas a la integridad física, explotación, discriminación, intolerancia, xenofobia, en algunas circunstancias pérdida de vida o son criminalizados y las mujeres suelen sufrir violaciones sexuales.

La imagen desgarradora de miles de personas que se ven caminar sobre la carretera o que están en espera de poder atravesar la frontera mexicana, evidencia que la migración se constituyó en la única opción para superar los problemas de pobreza y violencia que arrastran, en donde Norteamérica representa el desafío, el deseo y la posibilidad de reencuentro con familiares o amigos, en donde estadísticas indican que en los Estados Unidos viven más de un millón de hondureños.

Las expulsiones masivas de población no deja otra alternativa que migrar. Eso los obliga y los impulsa a atravesar cualquier río, montaña, muro o desierto que se interpone en el camino para alcanzar el sueño americano, aún y con los costos que eso representa por la política antimigrante que prevalece en ese país.

La caravana de hondureños en la frontera sur del país, está proporcionando una lección de humanismo en toda esta ruta, pues pese a las resistencia, se observa la solidaridad mexicana que proporciona comida, agua y ropa a los migrantes.