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Poco halagüeño el escenario político de Chiapas

Editorial
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La gestión de Rutilio Escandón como gobernador del Estado despertó desde el 1 de julio sensaciones y  expectativas encontradas. Por un lado, grupos de población mantenían la esperanza de un gobierno diferente que resolviera las demandas y problemas de la gente y que hubiera una mejora de Chiapas, sobre todo porque se arrastraban doce años de desatenciones y gobiernos malogrados; por otro lado, se veía con desconfianza a Rutilio Escandón, pues sus resultados como presidente del tribunal de justicia no eran alentadores, sin nada que presumir, sin embargo cuando se dio a conocer el gabinete surgió desaliento, en virtud de que la magnitud de los problemas que hay en Chiapas obligaba a la designación de un grupo de funcionarios con probadas capacidades, con prestigio y con un conocimiento pleno sobre lo que Chiapas necesita y lo que debe realizarse.

De igual manera Chiapas arrastra otro problema, que históricamente ha sido gobernado desde una mirada del centro del país, en donde lo local no importa. Eso obligaba a tener, a partir del primer día, una agenda para Chiapas, que desafortunadamente no la construyó el gobernador y se corre el riesgo en que Chiapas se administre desde la capital del país.

Es cierto que el gobierno de Manuel Velasco concluyó en medio de una gran tensión social que fue heredada a la actual administración, pero también es cierto que Rutilio tuvo el tiempo suficiente para desarrollar estrategias de negociación política que le permitiera tener márgenes de operación política, y empezar a resolver los problemas de gobernabilidad persistentes en el Estado de años e inclusive décadas atrás.

De igual manera el derroche presupuestal fue excesivo en los últimos doce años, lo que hacía vislumbrar situaciones complicadas para este año y peor aún si no mejoraban las condiciones del crecimiento económico, en donde Chiapas tiene una tasa negativa de crecimiento.

Después de doce años de gobiernos malogrados, que terminaron con una deslegitimidad, un hartazgo y un malestar popular, era obvio que difícilmente se iba a lograr reconstruir los márgenes de gobernabilidad en los próximos seis años. Con este panorama, el peor escenario que podía llegar a suceder es que se incrementara la violencia y la inseguridad en el Estado. Y desafortunadamente sucedió. Hoy día Chiapas presenta problemas de gobernabilidad y de inseguridad.

Bajo estas circunstancias Rutilio Escandón debe primero regresar a la realidad y luego dejar de lado su soberbia y sus rencores, reconocer que no tiene gabinete y que carece de plan de gobierno y debe empezar a tomar decisiones que enderecen el rumbo de la entidad. Para ello, dos acciones prioritarias que deben implementarse de inmediato son la creación de un programa emergente de recuperación económica y generación del empleo y el impulso de un modelo de justicia transicional, que apueste a la pacificación y la concordia en un importante territorio del Estado, que a la vez recupere la verdad, que se sancione a los responsables del clima generalizado de violaciones a derechos humanos en las comunidades indígenas, que se garantice la reparación integral del daño de las víctimas, de los familiares y de la comunidad y que se constituyan mecanismos de no repetición de agravios y crímenes.

En las condiciones sociales de Chiapas, el futuro resulta poco halagüeño para la actual administración, aún y cuando de verdad sean funcionales los apoyos económicos que el gobierno federal viene instrumentando, debido a que estos programas no inciden en la mejora de la gobernabilidad ni inciden en la disminución de la violencia y la inseguridad.