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Construir gobernabilidad democrática

Editorial
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A raíz de los últimos disturbios ocasionados en Tuxtla Gutiérrez por los estudiantes normalistas, y más por los enfrentamientos recientes entre los cárteles en Villaflores, Bellavista y Villacorzo, así como los enfrentamientos entre miembros de la marina en contra de la delincuencia organizada en Tapachula, se generaliza visión de que urge que se restablezca el orden en la entidad, y esta expresión, así manifiesta, está acompañada por una aceptación de que es necesaria la presencia y la intervención militar, en donde el orden público se relaciona con la mano dura; aspecto que contiene violaciones a derechos y libertades, algo de lo que en Chiapas se ha padecido históricamente.

Esta exigencia por garantizar el orden, se debe cambiar por una que plantee la gobernabilidad democrática, en razón de que la construcción del orden puede resultar más simple, en virtud de que solo se requiere de una decisión que instruya el uso de la fuerza pública, en cuatro dimensiones: represión generalizada, encarcelamientos, desapariciones y/o asesinatos. Pero el empleo de cada una de estas dimensiones no significa que las causas que motivan el desorden público desaparezcan y mucho menos se solucionen, de allí que el malestar social permanezca latente.

Ante ello la construcción de una gobernabilidad democrática resulta de una complejidad mayor. Esto significa el camino de la política y no el de la fuerza pública, lo que implica negociar, construir acuerdos, llegar a consensos, buscar la aceptación, escuchar todas las voces, particularmente las inconformes, resolver las demandas por muy añejas que sean. Todo esto significa un ejercicio de construir legitimidad todos los días, a partir de la eficacia y el buen funcionamiento del gobierno. Algo que en realidad no resulta fácil de cumplir. Por eso existe una coincidencia de pensamientos que considera que resulta más fácil gobernar en las dictaduras que en los gobiernos democráticos.

En Chiapas no se requiere construir el orden público, con la mano del ejército, sino que se necesita de una gobernabilidad democrática. Sobre todo, porque ya hubo en Chiapas gobiernos que buscaron conseguir el orden sin éxito alguno; un ejemplo de ello fue el gobierno de Patrocinio González Garrido, que planteaba el imperio de la ley, y no dudo en utilizar la represión y el uso de las fuerzas policíacas y encarcelar a cientos de personas, pero eso no redujo las manifestaciones de protesta, y pese a ese clima de represión se gestó y estalló el movimiento indígena zapatista.

Si bien es cierto que Chiapas tiene un déficit extraordinario de gobernabilidad y de seguridad pública, en mucho, debido a los últimos gobiernos displicentes, que no les preocupó el construir gobierno y se dedicaron más a la frivolidad, a la corrupción y al derroche de los recursos, en el que Chiapas está a punto de cumplir 18 años sin que haya existido proyectos de gobierno, situación que produjo  la generalización del desorden y del malestar ciudadano. Por eso en vísperas de la elección de un nuevo gobierno en la entidad, es de fundamental importancia que haya un plan de gobierno, pero no elaborado en los escritorios sino en la consulta pública, en la búsqueda de acuerdos y en la participación social. En Chiapas hay todo por hacer y fundamentalmente hay que reconstruir la esperanza.