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La herencia de este gobierno: despilfarro, impunidad y corrupción

Editorial
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A menos de 20 meses de que concluya el gobierno de Manuel Velasco Coello, no existe  logro alguno que celebrar. Chiapas históricamente ha sido mal gobernado y en general, sus gobernantes  han carecido de una visión de futuro y por lo tanto de proyectos de desarrollo. Junto a esto, existe  entre los políticos locales una ideología conservadora, que los convierte en retrógradas y tradicionalistas, cuando se trata de impulsar programas modernizadores en la entidad.

 

Ya se ha reiterado en varias ocasiones la afirmación de que Chiapas es el paraíso de la oportunidades perdidas y más si se considera que en los tres últimos gobiernos –Pablo Salazar, Juan Sabines y Manuel Velasco-, se ejerció un presupuesto superior a los 800 mil millones de pesos, en donde los indicadores de bienestar y el índice de desarrollo humano no mejoraron y en algunos aspectos hasta se empeoró.

La situación en el campo en los últimos 15 años ha vivido un fuerte deterioro, a punto tal, de que en la década de los 70 y 80 del Siglo XX, Chiapas atraía fuerza de trabajo y hoy es expulsor de ella. El Estado, antes del levantamiento zapatista de 1994, no aparecía dentro de las entidades con migrantes en el extranjero y hoy lamentablemente, se encuentra entre las primeras siete entidades con población migrante, lo que evidencia el poco impacto socio-económico de la enorme inversión pública destinada para Chiapas en los últimos 16 años.

Desafortunadamente, la entidad tiene los primeros lugares en los aspectos negativos. En analfabetismo, en muerte materno infantil, en el número de municipios con menor Índice de Desarrollo Humano, en el índice de feminicidios, en opacidad a la información y lo preocupante es que el 76.4% de la población vive en pobreza o pobreza extrema, sin que haya viso alguno de que esta tendencia se revierta.

El problema de Chiapas no es presupuestal sino de gobierno. En estos más de cuatro años de la administración actual, se ha ejercido un presupuesto superior a los 300 mil millones de pesos, y este ejercicio de recursos no se traducen en bienestar, pero se pretende vender la idea de que el arreglo de las calles son símbolo de modernidad y progreso, cuando en realidad, jamás la pavimentación de las calles van a generar por sí solas progreso y menos se puede uno imaginar que la construcción del Foro Chiapas o el de la megaplaza del oriente, conocida irónicamente como la Plaza de mi Mamá, pueda dinamizar la economía y mucho menos justificar la inversión pública de este gobierno.

Lo inaceptable es que la dimensión de la pobreza en Chiapas guarda una estrecha vinculación con el nivel de despilfarro presupuestal del gobierno, en donde la inmensa mayoría de la población  forma parte del ejército de los olvidados y a los cuales se les atiende con ayudas y paliativos, sin que se logre mejorar la realidad social de nadie –salvo la de los funcionarios responsables en el manejo de esos programas y del círculo cercano del gobernador-.

Frente a este abandono del gobierno, Chiapas está convertido en un polvorín. Lo desafortunado de esta situación, es que se están creando condiciones para que muchos conflictos estallen simultáneamente en varios puntos, dentro de un escenario de caos social, en el que se inserta el proceso electoral del 2018.

Esta situación de caos no es atendida por los funcionarios públicos, ya sea por indiferencia o por incapacidad, lo que muestra una actitud de abandono y de irrelevancia a la función de gobernar. En contrasentido a esta práctica, es notoria la corrupción en diversas áreas de la administración estatal y muchos funcionarios han construido sus propias Casa Blanca, como símbolo de la corrupción en el gobierno, sin que haya una mínima preocupación por dar un manotazo, que permita enviar otro tipo de mensaje a la población, que cada vez percibe el final del gobierno de Manuel Velasco, similar o peor a lo sucedido en  los Estados de Veracruz, Chihuahua, Quintana Roo o Tamaulipas.