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En las elecciones Chiapas es lo que menos importa

Editorial
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Las condiciones sociales de pobreza y desigualdad que se viven en Chiapas, así como la ausencia de un sistema de justicia eficaz, representan los principales problemas que se deben de atender urgentemente en los próximos años. Eso debiera de motivar a los chiapanecos para involucrarse en la lucha política e intentar cambiar por todos los medios los rumbos de la historia de la entidad.

 

Sin embargo la pobreza, el conformismo, la violencia y la despolitización de la población son aspectos que desafortunadamente han pasado a formar parte de la vida cotidiana y lo más lamentable, es que se acepta irremediablemente como si el estado de cosas fuera parte del destino que nos tocó vivir.

Se puede argumentar que esta situación no es reciente, lo cual es cierto, pero eso no puede ser una limitante para aspirar a mejor condiciones de vida. En mucho, esta situación se debe a los gobiernos conservadores emanados del PRI, que gobernó la entidad de 1930 al año 2000. Pero tampoco se puede pasar por alto que Chiapas fue gobernada durante 12 años por una alianza de priista con partidos de la izquierda, que tampoco nada hicieron por cambiar las condiciones sociales de la entidad y que además terminaron profundizando nuevos problemas viejos, en términos de libertades democráticas, en el ocultamiento de la protesta y la participación política y en la construcción de nuevas ciudadanías, que terminaron ocasionando daños significativos en las dificultades de convivencia que hoy se tiene.

En esos doce años de gobierno la izquierda terminó derechizada y perdió su sentido histórico, al convertirse en colaboracionista de dos gobiernos de corte conservador, que se quisieron arropar con discursos progresistas, y que terminaron aprovechándose de los grupos y organizaciones desnaturalizando la lucha popular y las ideas de izquierda y además pervirtiendo las instituciones políticas.

Ambos gobiernos sacrificaron libertades y cancelaron la viabilidad de prácticas e instituciones democráticas y al interior de ellos se gestó una conjura del pensamiento conservador, a tal grado que hoy día la movilización y los brotes de malestar en gran parte del territorio mantienen una pobre cultura política e el que se violentan derechos humanos y poco o nada tienen que ver con la lucha democrática.

Esta pobreza de cultura política también se está reproduciendo en los partidos políticos y dentro de las organizaciones, en el que prevalecen posturas autoritarias y en donde se justifica las acciones de violencia y métodos de lucha que los pone al margen de la ley, ayudando a generar el clima de caos que se percibe.

El futuro de Chiapas no es nada halagüeño, en virtud de que se requiere de varios años de buenas y eficaces prácticas de gobierno, para revertir la tendencia negativa de las condiciones sociales de la entidad.

Lo que está en juego en el 2018 es algo mayor que la simple elección de una gubernatura, pero eso no está en las percepción de la gente, que desafortunadamente se deja llevar por los programas asistenciales del gobierno y que no dimensiona la importancia real que tiene su voto en la construcción de un Chiapas mejor.

Sin embargo lo que está en juego en las próximas elecciones es el futuro de Chiapas y eso debiera de obligar a los partidos y a los aspirantes a tomar las cosas con seriedad y a no actuar con ocurrencias. Hoy estamos viviendo el desenlace de las designaciones y se observa que Chiapas no le importa a los funcionarios de gobierno, que buscan organizar un proceso electoral dirigido, pero tampoco le importa a los partidos, que venden al mejor postor las candidaturas y no les interesa proponer candidatos competitivos sino llegar a un acuerdo económico, para negociar y entregar los resultados.