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La violencia electoral está latente

Editorial
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La competencia electoral del 2018 entró en la fase en la que la apuesta al triunfo implica promover la fractura y la división de la sociedad. Para ese efecto se distingue un apasionamiento en la población, que defiende con ahínco las posibilidades de éxito de su candidato.  

 

Pero, de igual forma, desde el cuarto de guerra de los aspirantes a la gubernatura se propala el temor en la población y en algunos casos se llega a la agresión directa.

Estas dos fases del activismo político están presentes en este momento en Chiapas. Por un lado se observa una fuerte carga de pasión en las personas en la defensa y promoción de alguno de los candidatos o de algún partido en específico. Por el otro, se percibe la intención de desprestigiar o de causar daño en la imagen de los candidatos, lo que en los próximos días se transformará en la campaña negra o guerra sucia  entre los contendientes.

La carga de pasión hacia los asuntos políticos reproduce odios, ira, simpatías y complicidades; todo ello inscrito dentro de campañas mediáticas, en el que se puede llegar a la agresión y ofensas en las disputas que suelen presentarse en las redes sociales, pero también se puede llegar a convocar a la agresión de los actores políticos. Esta carga de emociones no se está percibiendo en su justa dimensión por los funcionarios ni por los personajes que andan en campaña, quienes han hecho como su único propósito ganar las elecciones al costo que sea, pasando por alto la necesidad de la reconciliación obligada, para evitar que la ira, el rechazo y el odio reflejado en varios sectores de la población se convierta en un conflicto de funestas consecuencias o de conflictos poselectorales.

La construcción de temor también es una estrategia de campaña. Se busca atemorizar a los candidatos para hacerlos sentir que son vulnerables y en esa circunstancia corren riesgo los familiares, los amigos, los colaboradores y el propio candidato. Antecedente de ello hay muchos, basta recordar el accidente que sufrió en el proceso de 1994 el candidato Amado Avendaño o el caso de días recientes en que se buscó intimidar a la esposa del aspirante a la gubernatura José Antonio Aguilar Bodegas. Ambos casos pueden presentarse como parte de la inseguridad que se vive en la sociedad e inclusive traducirlo como un incidente de tránsito; pero en política las casualidades no existen  y menos cuando hay de por medio un proceso electoral.

Es un hecho que los intereses en juego están sobrecalentando de emociones el entorno de la contienda. Pero de esto no puede excluirse el papel que viene jugando el gobernador Manuel Velasco Coello, quien tiene intervenido el proceso. Él es la mano que meció la cuna para disminuir y prácticamente sacar de la contienda al senador Zoé Robledo. Situación similar viene orquestando para limitar las posibilidades del senador Roberto Albores. De igual forma los obstáculos que tienen las aspiraciones de Aguilar Bodegas los está construyendo  el gobernador Velasco Coello, quien definió un escenario de elección dirigida, sin competencia política.

En este juego armado desde la casa de gobierno, el gobernador no percibe que los efectos de los resultados electorales le pueden resultar contraproducente. Sobre todo porque en estos momentos sus índices de popularidad y de legitimidad están por los suelos y el único responsable de estos sucesos que puedan llegar a precipitarse es él. De igual forma, tal parece que nadie le ha dicho que los tiempos del reloj ya se le agotaron y que cada día es más difícil de mantener la impunidad ante cualquier error que cometa y más cuando la inacción del gobierno se convirtió en el principal promotor de la violencia y de la inseguridad en el Estado.