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Mal gobierno y perversión política

Editorial
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A finales de los años 80, cuando se creía que lo urgente era sacar al PRI de la presidencia de la república, se pensaba que ese partido encarnaba la corrupción en el país y todos los males se relacionaban a la forma errática en que el PRI gobernaba. En esos momentos se presentó la ruptura más importante que ha tenido ese partido, y las elecciones de 1988 fueron las más competidas del régimen político, en el que se enfrentaba el PRI de Carlos Salinas de Gortari, con el PRI de Cuauhtémoc Cárdenas que planteaba la democratización de la vida pública y que, con el robo de las elecciones, finalmente derivó en una coalición de partidos y organizaciones que dio vida al Partido de la Revolución Democrática (PRD).

 

Transcurrieron 30 años y la historia política del país resultó trágica, sobre todo con los gobiernos de la alternancia. Ahora se sabe que la corrupción no es exclusiva del PRI sino también del PAN, de la izquierda y del Partido Verde que está lleno de jóvenes que representan la rapiña y no a la esperanza como pretendieron venderse.

Después de los gobiernos de la alternancia, se vivió la historia en que si el PRI gobernaba mal, el PAN lo hizo peor y los gobiernos de la izquierda no se quedaron a la zaga en la obtención de los malos resultados. Aquí no se puede descartar el resultado de gobierno del Partido Verde, en Chiapas, que se ha esforzado incansablemente en demostrar que éste gobierna peor que todos.

¿Qué pasó en realidad en ese proceso de ruptura en el PRI y en el gobierno de la alternancia? ¿Por qué los cambios políticos no  transformaron la convivencia en la sociedad? ¿Por qué se tuvo un retroceso en las prácticas políticas y un deterioro en el proceso de democratización de la vida pública?

Parece obvio, que en México el proceso que se denominó como el de la transición democrática se extinguió en la alternancia sin logros significativos, aún y cuando se constituyó un organismo electoral autónomo, una normatividad que regula las elecciones y se abrió paso a una institución que promueve la transparencia.

Sin embargo en todo este proceso no se construyeron premisas indispensables para la transformación del régimen político que continúa perpetuándose. Hoy día existe una sociedad con mayor pluralismo político pero con una debilidad en el Estado de derecho, lo que promueve la impunidad y cancela a la vez, formas democráticas en la vida pública.

De igual manera, ha habido un amplio proceso de reformas constitucionales, pero se han mantenido intacto los poderes supraconstitucionales del presidente, que dificulta una verdadera división de poderes.

Asimismo hay una perversión en el sistema de partidos, en el que no existe la preocupación ni la intención de  construir nuevas ciudadanías, pero en el que tampoco existen principios éticos que signifiquen a la actividad política, que se ha convertido en una actividad de ambiciones y de prácticas sin escrúpulos en la búsqueda del poder, en el que se perdió el sentido del bien común.

La política al pervertirse se convirtió en politiquería, y eso hace disfuncional el régimen político, que necesariamente tiene que transformarse. Las claves de esa transformación está en el aseguramiento y ampliación del Estado de derecho; en los limites al poder presidencial y en la construcción de nuevas ciudadanías, que mejoren la participación política y que oxigene y transforme al sistema de partidos. Desafortunadamente, con el espectro de las candidaturas en el ámbito nacional, no se observan visos que esta situación llegue a transformarse y en Chiapas, con las prácticas de atropello a los derechos políticos y corrupción que se observan, se evidencia los riesgos de exclusión social y de persecución política que puede llegar a presentarse, si con el triunfo electoral, se llegara a consolidar la caquistocracia que actualmente gobierna la entidad.