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La violencia poselectoral es culpa de Manuel Velasco Coello

Editorial
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La competencia electoral del 1 de julio entró en la fase en la que la apuesta al triunfo implica promover la fractura y la división de la sociedad, en donde el gobernador decidió apostar al triunfo de su candidato, falseando situaciones para obtener el respaldo “legal” del Trife. Para ese efecto se explota un apasionamiento en la población y con la ayuda de recursos públicos, se muestran imágenes de actos de campaña en el que se observa el júbilo de las personas acarreadas que respaldan las posibilidades de éxito de su candidato.  

 

Pero, de igual forma, desde el cuarto de guerra de los aspirantes a la gubernatura se propala el temor en la población y en algunos casos se llega a la agresión directa.

Estas dos fases del activismo político están presentes en este momento en Chiapas. Por un lado se observa una fuerte carga de pasión en las personas en la defensa y promoción de alguno de los candidatos o de algún partido en específico. Por el otro, se percibe la intención de desprestigiar o de causar daño en la imagen de los candidatos, lo que en los próximos días puede producir enfrentamientos  entre los contendientes.

La carga de pasión hacia los asuntos políticos en tiempos electorales reproduce odios, ira, simpatías y complicidades; todo ello inscrito dentro de campañas mediáticas, en el que se puede llegar a la agresión y ofensas en las disputas que suelen presentarse en las redes sociales, pero también se puede llegar a convocar a la agresión de los actores políticos. Esta carga de emociones no se está percibiendo en su justa dimensión por los funcionarios ni por los personajes que andan en campaña, quienes han hecho como su único propósito ganar las elecciones al costo que sea, pasando por alto la necesidad de la reconciliación obligada, para evitar que la ira, el rechazo y el odio reflejado en varios sectores de la población se convierta en un conflicto de funestas consecuencias o de conflictos poselectorales, como se prevé suceda en más del 30% de los municipios de la entidad.

La construcción de temor también es una estrategia de campaña. Se busca atemorizar a los candidatos para hacerlos sentir que son vulnerables y en esa circunstancia corren riesgo los familiares, los amigos, los colaboradores y los propios candidatos. En Chiapas el proceso está intervenido por el gobernador del Estado, que se constituyó en el gran elector o en el único elector debido a que finalmente él va a decidir o ya decidió quien va a ser el ganador. Lo que significa que se van a producir heridas en una sociedad con muchas insatisfacciones e incumplimientos políticos.

Es un hecho que los intereses en juego están sobrecalentando de emociones el entorno de la contienda. Pero de esto no puede excluirse el papel que viene jugando el gobernador Manuel Velasco Coello, quien con su intervención debilita candidaturas y fortalece propuestas. Él es la mano que meció la cuna para definir la candidatura de Rutilio Escandón en MORENA y con ello sacar de la contienda interna de ese partido a Zoé Robledo. Situación similar orquestó para disminuir las posibilidades del senador Roberto Albores, al desbaratar la coalición de partidos que lo respaldaban. De igual el gobernador le crea los obstáculos a la campaña de Aguilar Bodegas. Pero lo más cínico e irresponsable es que fue el propio gobernador Velasco Coello, quien construyó la candidatura de Fernando Castellanos Cal y Mayor y lo hizo en un marco de ilegalidades, traiciones y violaciones a la ley, que de manera lépera y absurda fueron subsanadas por el Tribunal Federal Electoral.

En este juego armado desde la casa de gobierno, el gobernador no percibe que los efectos de los resultados electorales le pueden resultar contraproducente. Sobre todo porque en estos momentos sus índices de popularidad y de legitimidad están por los suelos y el único responsable de estos sucesos que puedan llegar a precipitarse es él. De igual forma, tal parece que nadie le ha dicho que los tiempos del reloj ya se le agotaron y que cada día es más difícil de mantener la impunidad ante cualquier error que cometa y más cuando la inacción del gobierno se convirtió en el principal promotor de la violencia y de la inseguridad en el Estado.