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¿ES DEMÓCRATA HOY EL GOBIERNO MORENISTA?

Columnas
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¿Es demócrata hoy el gobierno, es siempre la popularidad signo de buen gobierno? Son preguntas provocadas por realidades palpables. Realidades que se someten al pensar crítico de la filosofía política. Ésta permite ver las cosas en su envolvente totalidad e interconexión. Divido el artículo en tres partes. La primera traza las generalidades, la segunda las ejemplifica y la tercera las aterriza en México.

Una de las claves democráticas es la idea de legitimidad del poder. La de origen y la de ejercicio. Dos caras de la misma moneda. Un gobierno que accede al poder mediante el voto de la mayoría es democrático en su origen.  Dicho gobierno después de ganar las elecciones, debe legitimarse a diario mediante el ejercicio eficaz y democrático del poder. Legitimarse mediante el respeto al derecho. Legitimarse mediante la gestión del bien común -sin excluir a nadie- para lograr libertad, seguridad y justicia.

Hay ocasiones en que un gobierno, legítimo por su origen, ya en el ejercicio mismo del poder, violenta principios básicos de la democracia. En tal caso, la gestión política se transforma en despotismo o tiranía.

Otros principios básicos de la democracia son: la división de poderes, la presunción de inocencia, la libertad de creencias y educación, el respeto a los cuerpos intermedios, el derecho de las minorías partidistas. Hablemos de ellos. Saint-Just, joven tribuno de la revolución francesa, dijo en defensa de la democracia: “Divídase pues el poder, si se quiere que la libertad subsista; porque el poder ejecutivo usurpa y mina poco a poco en el gobierno más libre del mundo. Y si delibera y ejecuta a la vez, se convierte en soberano…” Ya antes había sentenciado el genio de Mirabeau que sin división de poderes no hay constitución, y sin ésta, no hay libertades.

Por otro lado, sin libertad de conciencia, de religión, de enseñanza, no hay posibilidad alguna de democracia verdadera. Esas libertades son cimiento, alma de la vida democrática. En el Alcalde de Zalamea, Calderón de la Barca advierte: “al rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”.

La presunción de inocencia es piedra angular del arco jurídico. Sin ella, el edificio del derecho se derrumba, quedando el ciudadano anonadado ante el peso aterrador del poder que lo condena de antemano, obligándolo a probar su inocencia.

El debido proceso se funda en tal presunción. Al Estado corresponde probar la culpabilidad del ciudadano en una nación civilizada.

La vitalidad de los organismos autónomos garantiza que el poder no se concentre en pocas o en una mano. Tal concentración arruina el pluralismo político. El respeto a los derechos de los cuerpos intermedios es exigencia perentoria del orden democrático. Es una forma racional de ponerle límites al poder que por naturaleza pugna siempre por extralimitarse.

Las minorías partidistas y sus derechos son condición necesaria de una democracia. La regla de la mayoría debe tener límites en las naciones libres integradas por ciudadanos conscientes y críticos. Debe tener límites constitucionales para no convertirse tal regla en dictadura del número. Sin esos límites, la regla de la mayoría socava derechos y bienes básicos de ciudadanos en una polis pluralista y tolerante. Mayorías y minorías son parte integral de la democracia, pues con el tiempo, las primeras se hacen minorías y las segundas, mayorías. Es la dialéctica democrática.

II

Visto lo anterior, resulta claro que un gobierno legítimo por su origen, puede convertirse en antidemocrático cuando comienza a ejercer el poder violando los mencionados principios esenciales de la democracia. Veamos ejemplos de ello. En pleno siglo XX, el nacionalsocialismo alemán arribó al poder democráticamente, para después mostrar sus garras que aniquilaron democracia y derecho. Y, sin embargo, tal régimen fue popular por años y contó con la adhesión de las mayorías vía los demagógicos plebiscitos.

En este siglo XXI, guardadas proporciones y tiempos, el trumpismo asume el gobierno democráticamente. Luego en el ejercicio del poder, subvierte a toda hora el orden moral y jurídico. Lo hace entre otras cosas, al enjaular niños, al imponer de facto o de jure, a naciones sumisas la condición de terceros países seguros, en violación del derecho interno e internacional sobre refugiados. Y ese gobierno es también muy popular entre vastos sectores sociales. Y lo es también el johnsismo que está poniendo en jaque a la democracia inglesa con sus extravagancias políticas.

Luego entonces, ¿es siempre la popularidad signo de buen gobierno, de legitimidad de ejercicio democrático del poder?  Se vive en el mundo una crisis alarmante de la democracia electoral. Ésta es usada con harta frecuencia como simple medio para ejercer después poderes de facción.

Y, ¿cómo se distingue un régimen despótico de uno tiránico, otrora democráticos por su origen electoral? El genio de Aristóteles arroja mucha luz. En su Política dice que los gobiernos despóticos son aquellos que cuentan con la anuencia de mayorías carentes de afecto por la libertad; mayorías que se contentan con un poco de pan y un mucho de circo. Y los tiránicos, son aquellos que no cuentan con el consentimiento de tales mayorías.

III

Y en México, ¿se respetan hoy esos principios esenciales de un régimen democrático? Varios casos sirven de base para responder. La mayoría morenista en la Cámara de Diputados, violando la ley y el derecho de una minoría partidista, reeligió por unos días a Muñoz Ledo en la presidencia de tal Cámara para que recibiera el informe presidencial. Se trató de la dictadura del número en manos de quienes no hace mucho, defendían sus derechos de minoría. Luego se presentó una iniciativa de reforma a la Ley Orgánica del Congreso con el sólo propósito de que Muñoz Ledo continuara por meses como presidente de dicha Cámara. Después de varios días, Muñoz Ledo presionado, renunció sin que prosperara su dicho: “sufragio efectivo, sí reelección”.

Ese episodio hace recordar la frase de un girondino francés: “la virtud vencida es más fuerte que el vicio triunfante”. La virtud es el derecho de las minorías; el vicio, la dictadura del número. Al final, presionada desde lo alto por cálculo político, la mayoría morenista, ebria de poder, se vio forzada a reconocer el derecho de las minorías. Fue la Cámara de Diputados el laboratorio de tanteo donde se ensayó de nuevo una reelección, como en Baja California.

También hace días, se dijo que la oposición estaba derrotada. En una democracia, después de las elecciones, no hay ya vencedores ni vencidos. Denostar a la oposición partidista equivale a ir minando la trascendencia política de las minorías. Sean éstas fuertes o débiles. Son minorías reconocidas constitucionalmente; merecen la garantía de respeto institucional a su función. Además, se ha dicho que, sin un mínimo de generosidad, la política se transforma en tarea demoledora de la convivencia social.

Y, desde otra perspectiva, es norma que en la victoria lo grande demanda humildad, mientras que, en la derrota, lo grande exige altivez. Pero insisto, desde la perspectiva histórica recientísima, las elecciones ya pasaron. Y desde la óptica de la historia lejana, la Guerra de Reforma de 1858 a enero de 1861, es cosa pasada de hace más de 150 años. Fue una guerra entre mexicanos, conservadores y liberales.

Restregar de nuevo cicatrices ya cerradas provoca encono y división en perjuicio de la necesitada unidad nacional. Dejemos que descansen en paz liberales y conservadores. Antes que nada eran ellos seres humanos, mexicanos, hijos de la misma patria, con sus defectos y virtudes. En ambos bandos, hubo de todo, personas honorables y otras que no lo fueron; baste recordar el Tratado entreguista McLane-Ocampo de 1859 para constatarlo.

En otro ámbito, la concentración del poder aumenta a diario mediante el ataque a los cuerpos intermedios, a los organismos autónomos, a las otrora guarderías, al otrora seguro popular, a universidades con regateo presupuestal, a fiscalías locales independientes.  Si las instituciones tienen fallas, habrá que corregir estas últimas, y no destruir las primeras, pues en política está probado que:  “el delirio del bien produce los mismos efectos que el del mal”. Esto último se dijo en horrendos momentos de la Revolución Francesa propiciados por el incorruptible Robespierre.

Las Cámaras de Diputados y Senadores son ahora como antes, meras correas de trasmisión de deseos del poder ejecutivo, y se espera que el poder judicial también lo sea. ¿Es ello respetar la división de poderes?

Abundan reformas a las leyes penales. Éstas incrementan el número de delitos graves que merecen prisión preventiva oficiosa. Esas reformas violentan el principio de presunción de inocencia. Son fórmulas antidemocráticas del llamado “derecho” penal del enemigo que envilece al derecho auténtico. Y la militarización de la seguridad pública ¿es acaso democrática a la luz de numerosas recomendaciones de prestigiadas organizaciones defensoras de las libertades?

Y la Ley Bonilla que legitima la reelección en Baja California, y la del Garrote en Tabasco que lastima la libertad de reunión, y la por venir de Educación que vulnera el derecho de libertad de educación de los padres y madres de familia, y la de Extinción de Dominio que socava presunción de inocencia y propiedad, ¿no atacan principios esenciales de la democracia?

Y el perseguir, detener y deportar refugiados centroamericanos para complacer al trumpismo, aunque bauticen con nombres piadosos esa actuación del gobierno, ¿no violentan el derecho constitucional de libre tránsito y el deber de hospitalidad republicana?

Y así podríamos continuar. Tú, ciudadano mexicano, libre y consciente que detestas la burda adulación de tantos, responde por favor a la pregunta de si en el ejercicio del poder por el gobierno, se están respetando esos principios básicos de toda democracia; es decir, responde a la pregunta inicial, ¿es el gobierno hoy demócrata?

Dedico este artículo a Pablo Gómez que en su momento defendió el derecho de la minoría, y a Gerardo Fernández Noroña, con la esperanza de que recuerde nuestra huelga de hambre en el Parque Hundido con Adriana Luna Parra, en apoyo de causas justas de trabajadores humildes, y que contó con la simpatía de personas de buena voluntad como Arnoldo Martínez Verdugo. Y de que recuerde bien sus años de lucha democrática, de resistencia civil pacífica implacable contra el ataque a los derechos de la oposición por pequeña que fuera. No es el número el que define la jerarquía de las cosas, sino la hondura de su bondad y justicia.