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CON MÉXICO NO SE JUEGA

Columnas
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Existen dos tipos de “justicieros”: los que buscan acabar con la injusticia y los que pugnan por invertirla. Unos procuran poner fin a la discriminación e instaurar un orden justo para todos; otros desean que la víctima trueque en victimario en tanto se empareja el marcador.

En el primer caso predomina la razón de la generosidad (la sensatez que reconoce que las culpas no se heredan y que allana el camino a la paz). En el segundo caso impera la sinrazón de la venganza (la insensatez de acumular rencor y de instaurar la doctrina del ojo por ojo y su ceguera colectiva).

Me parece que entre los lopezobradoristas hay más representantes de la primera postura que de la segunda. Pero creo que dentro del propio presidente López Obrador se libra una batalla en la que la correlación de fuerzas es la contraria: el revanchismo supera a la magnanimidad.

Y es que la faceta pendenciera de AMLO está predominando sobre su vena mística, de la que emanó su empolvado anhelo de la república amorosa. Y algo parecido ocurre del otro lado del mostrador, donde el objetivo de los adversarios es derrotarlo, mientras que el de los enemigos es derrocarlo.

Cuidado. Los afanes de revancha y derrocamiento se potencian mutuamente y socavan a la democracia, y este último no sólo es legalmente reprobable, también es un desatino pragmático: pese a sus errores frente a las crisis sanitaria y económica, AMLO todavía cuenta con una aprobación mayoritaria y vehemente.

Lo señalo porque, aunque los grupos “dimisionistas” sean minoritarios, su discurso es atractivo para la clase media damnificada por la decisión de AMLO de no ayudar a las pymes, y conviene reparar en que exigir su dimisión implica internarse en una ruta muy peligrosa para México.

Me explico. Es probable que gran parte del segmento de la población que le otorgó a AMLO el beneficio de la duda y votó por él en 2018 ya le haya retirado su apoyo, pero más de la mitad de sus 30 millones de electores –su núcleo duro– sigue y seguirá defendiéndolo pase lo que pase. Si alguien pudiera forzar a AMLO a renunciar, esa base social enfurecería y se movilizaría, e incluso habría otras personas que se sumarían a sus filas en rechazo al agravio.

No sé qué tipo de gobierno podría gestarse en semejante situación; sí sé que con 15 o 20 millones de opositores enardecidos sería prácticamente imposible gobernar este país, y que si se les reprimiera se entreverarían tres brotes violentos –violencia política, violencia social y violencia criminal– y la ingobernabilidad se entronizaría.

No vislumbro ninguna posibilidad de que AMLO deje la Presidencia antes de 2024, o de 2022 si es que se diera la revocación de mandato. Lo que veo es wishful thinking. Circulan en WhatsApp mensajes clasistas –por cierto, de una estulticia supina– contra AMLO y sus seguidores; los mensajeros suelen ser capitalistas que inconscientemente atizan el anticapitalismo (Marx debe estar revolcándose en su tumba, pero de alegría, gracias a esta reivindicación mexicana de la lucha de clases y las contradicciones del capitalismo).

Y además de esas voces surgen otras aún más irresponsables que instigan animosidad entre el norte y el sur o exaltan sus patrias chicas por encima de nuestra patria grande. Ha costado mucho construir una nación –sí, una sola nación, así sea pluriétnica y multicultural además de mestiza– para invocar ahora fantasmas secesionistas del pasado.

Una cosa es pedir la modificación del pacto fiscal, lo cual es justo y necesario y debe hacerse cuando pase la emergencia, y otra es esgrimir la ruptura del pacto federal, lo que sólo sirve para echar leña al fuego.

La radicalización engendra radicalización. Ambos bandos se empeñan en configurar profecías autocumplibles: la derecha radical con su analogía venezolana (aunque AMLO sea neoliberal en el manejo de la macroeconomía) y la izquierda radical en su advertencia de golpismo (a pesar de que nadie ha recibido más concesiones de AMLO que el Ejército, Estados Unidos y los hombres más ricos de México, las tres instancias que supuestamente orquestarían un golpe).

La cordura debería empezar por el presidente, pero, si no es así, ¿van sus contrincantes a catalizar el atrincheramiento presidencial y a desperdiciar una energía que podrían aprovechar para construir una alianza de oposición electoral?

Habrá elecciones el próximo año y en el 24; esa es la arena en que se debe dirimir la disputa. Si bien no me gusta el mecanismo de revocación –estoy por la parlamentarización de nuestro régimen–, vuelvo a recordar a los desesperados que en dos años tendrán ese recurso constitucional a la mano.

Y a quienes dicen que sería demasiado tarde y que es mejor cortar por lo (in)sano les pregunto otra vez si tienen idea de la sequedad del pasto social. Digo, por aquello que argumentan de que no podríamos estar peor.

Fui crítico de AMLO antes de la pandemia y hoy lo soy más, porque ha decidido gobernar sólo para sus partidarios y porque cada vez se aleja más de una redención socialdemócrata. Pero jamás voy a resignarme al triunfo del odio, ni a la derrota de la democracia, ni mucho menos al despropósito de fracturar al país.

Si AMLO sepulta la generosidad bajo una carga de resentimiento, que se sepulte la continuidad de su proyecto bajo un alud de votos. Y a la necedad separatista tomémosla como una táctica imprudente o como una pesadilla guajira. Eso sí, dejemos muy claro nuestro repudio hacia ella; aquí el extremo no es vicioso y, por tanto, no caben medias tintas. Con México no se juega.

Este texto forma parte del número 2272 de la edición impresa de Proceso, publicado el 17 de mayo de 2020